KI-Kunst: Al día siguiente, la noticia corrió por todo el liceo. Algunos estudiantes subieron al tercer piso a escondidas, grabando con sus celulares, buscando a “la niña del eco”. Uno de ellos, Matías, del 3ºA, era conocido por desafiar a todos. Dijo que iba a pasar la noche allá arriba “para demostrar que era puro cuento”. Su mejor amiga, Tania, intentó detenerlo. —No es juego, Matías. —Por favor, si los fantasmas existieran, no estaríamos vivos. Esa noche, entró al liceo saltando la reja. Llevaba una linterna, su celular en modo video, y una caja de pizza medio fría. Subió lentamente hasta el tercer piso. Al principio, nada raro: polvo, telarañas, y olor a cable quemado. Pero después… los pasillos empezaron a susurrar su nombre.

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Al día siguiente, la noticia corrió por todo el liceo. Algunos estudiantes subieron al tercer piso a escondidas, grabando con sus celulares, buscando a “la niña del eco”.
Uno de ellos, Matías, del 3ºA, era conocido por desafiar a todos. Dijo que iba a pasar la noche allá arriba “para demostrar que era puro cuento”.
Su mejor amiga, Tania, intentó detenerlo.
—No es juego, Matías.
—Por favor, si los fantasmas existieran, no estaríamos vivos.
Esa noche, entró al liceo saltando la reja. Llevaba una linterna, su celular en modo video, y una caja de pizza medio fría.
Subió lentamente hasta el tercer piso. Al principio, nada raro: polvo, telarañas, y olor a cable quemado. Pero después… los pasillos empezaron a susurrar su nombre.
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Al día siguiente, la noticia corrió por todo el liceo. Algunos estudiantes subieron al tercer piso a escondidas, grabando con sus celulares, buscando a “la niña del eco”. Uno de ellos, Matías, del 3ºA, era conocido por desafiar a todos. Dijo que iba a pasar la noche allá arriba “para demostrar que era puro cuento”. Su mejor amiga, Tania, intentó detenerlo. —No es juego, Matías. —Por favor, si los fantasmas existieran, no estaríamos vivos. Esa noche, entró al liceo saltando la reja. Llevaba una linterna, su celular en modo video, y una caja de pizza medio fría. Subió lentamente hasta el tercer piso. Al principio, nada raro: polvo, telarañas, y olor a cable quemado. Pero después… los pasillos empezaron a susurrar su nombre.

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