La Puerta que No Debí Abrir
Abrí los ojos en mi habitación. Todo se sentía… raro. El aire pesaba distinto, el silencio era demasiado espeso y la luz de la ventana no iluminaba como debería. No sabía que estaba soñando. Solo pensé que era una de esas noches extrañas en las que el cuerpo descansa pero la mente no.
Entonces alguien tocó la puerta.
Tres golpes suaves. Demasiado suaves.
Me levanté. Caminé hasta ella. Deslicé el cerrojo con la mano temblando sin saber por qué. Y la abrí.
Ahí estaba.
Esa cara.
Esa maldita cara sonriendo en la oscuridad.
Al principio solo la miré. Después empecé a notar cómo se distorsionaba. El cabello se alargaba, la sonrisa se abría más de lo posible, los ojos se hundían. Y entonces intentó acercarse. No gritó. No habló. Solo avanzó mientras el mundo a mi alrededor se quebraba.
Recién ahí entendí que estaba dentro de una auténtica pesadilla…
y que ya no podía cerrar la puerta.