El perro que no rugía
En el prado siempre verde, todos temían a Rugido: un perro enorme, de pelaje negro y ojos serios, que caminaba con paso firme. Los vecinos decían que era feroz, que sus dientes afilados solo servían para asustar, y que nadie se le podía acercar sin peligro.
Pero Mimi, la niña de orejas de gato y sonrisa brillante, no le tenía miedo. Un día, se acercó despacito mientras él descansaba, y le estiró la mano con cariño:
—¿Sabes? A veces los que parecen más fuertes son los que más necesitan un abrazo —le dijo suavemente.
Rugido la miró, y por primera vez mostró sus dientes… no para gruñir, sino en una sonrisa enorme y feliz. Se dejó acariciar, apoyó su cabeza en ella y dejó escapar un suspiro tranquilo. Desde ese día, nadie volvió a verlo caminar solo: donde iba Rugido, siempre iba Mimi, su gran amigo, demostrando que el amor derrite cualquier apariencia de miedo.